Ubicado a un costado del Templo de San Francisco, el de la Tercera Orden es un ejemplo de la arquitectura religiosa que prefiere la oración silenciosa al despliegue dorado. Sus muros de cantera, sin tantos adornos, invitan a la introspección.
Fue el espacio para los seglares que querían vivir la espiritualidad franciscana sin abandonar el mundo. Hoy, es uno de los rincones más pacíficos del centro, un lugar donde se puede apreciar la belleza de la línea recta y la solidez de la piedra, recordándonos que en San Luis, la fe también sabe ser discreta y elegante.


