El paso de tropas por San Luis era un evento que mezclaba el espectáculo con el pánico absoluto. Cuando los trenes cargados de soldados y «adelitas» llegaban a la estación, la ciudad entera contenía la respiración.
Un ejército que pasa es una fuerza de la naturaleza: tiene hambre, tiene prisa y no siempre tiene buenos modales. Los comerciantes cerraban sus cortinas, las familias escondían a sus hijas y el cura rezaba para que no se les ocurriera usar la iglesia como cuartel.
La logística del miedo incluía saber qué bando era más propenso al saqueo y cuál a la leva forzada. Los potosinos aprendimos a leer las señales: si los soldados venían cantando, el peligro era moderado; si venían en silencio, lo mejor era no salir de casa.
El paso de tropas nos dejó historias de valentía silenciosa y de adaptaciones ingeniosas para que la ciudad no se quedara sin comida mientras alimentábamos a ejércitos que hoy nos prometían la gloria y mañana nos dejaban solo el polvo del camino. San Luis se volvió experta en el arte de recibir invitados no deseados con una cortesía fría y una vigilancia extrema.


