Durante la Revolución Mexicana, San Luis Potosí desempeñó el papel de ese pariente que no pelea, pero que guarda todas las herramientas y sabe por dónde pasan todos los caminos. Debido a nuestra ubicación geográfica y a nuestra excelente red ferroviaria, la ciudad se convirtió en el nudo logístico más importante del país. No necesitábamos tener una batalla épica cada semana para ser protagonistas; nos bastaba con controlar los trenes que llevaban tropas, armas y carbón de un extremo a otro.
Ser el centro logístico significaba estar siempre en la mira de todos los bandos. La ciudad cambiaba de manos según quién controlara la estación. Hoy éramos maderistas, mañana huertistas y pasado mañana villistas, según el sombrero que llevara el general que acababa de bajar del vagón. Esta situación creó una mentalidad de adaptación rápida entre los potosinos. Aprendimos a cambiar las banderas de las ventanas con una agilidad asombrosa y a mantener el comercio funcionando a pesar del caos. San Luis fue el pulmón que permitió que la Revolución siguiera respirando, un escenario de retaguardia donde se decidían batallas por la simple gestión de los suministros. Nuestra importancia no fue de pólvora, sino de rieles y carbón.


