Aunque Pascual Ortiz Rubio nació en Michoacán un 10 de marzo de 1877, su conexión con San Luis Potosí es tan profunda que bien podríamos haberle dado el acta de nacimiento por pura adopción intelectual.
Ortiz Rubio fue el pilar de un círculo de técnicos e ingenieros que se formaron en estrecha colaboración con la inteligencia potosina de la época. Durante su breve y accidentada presidencia (1930-1932), San Luis fue su refugio y su laboratorio para grandes obras públicas. Su tragicomedia nacional es legendaria: fue el único presidente en la historia moderna de México en renunciar porque «no lo dejaban gobernar» los que realmente mandaban en la sombra. Un gesto de dignidad que en San Luis valoramos más que cualquier cargo.
Ortiz Rubio intentó aplicar la lógica de los planos y las medidas a un país que funcionaba a base de emboscadas y grillas. Fue un hombre de instituciones en un tiempo de caudillos con botas sucias. En San Luis lo recordamos porque bajo su mirada se consolidaron gran parte de las infraestructuras que permitieron nuestra modernización industrial.
Ortiz Rubio representa esa generación que creía que el progreso se hacía con lápiz y regla, no con gritos y traiciones. Su salida de la presidencia nos dejó una lección cínica que todavía resuena en los cafés de la avenida Carranza: en México, a veces el exceso de preparación técnica es el mayor obstáculo para sobrevivir en la selva del poder.


