Nereo Rodríguez Barragán representa esa estirpe de potosinos que creen que un dato perdido es una tragedia nacional.
Su obsesión por conservar la memoria local lo llevó a hurgar en archivos, bibliotecas y conversaciones de esquina para reconstruir el rompecabezas de nuestra historia urbana. Nereo no buscaba la gloria académica; buscaba la justicia del registro. Sabía que si no se anotaba quién había construido la fuente o quién había sido el primer dueño de la botica, la identidad de San Luis se disolvería como el adobe en la lluvia.
Su labor fue la de un cronista incansable que veía en lo cotidiano la verdadera épica de la ciudad. Gracias a él, San Luis tiene un archivo de sus propias minucias, de esos detalles que los grandes historiadores suelen despreciar pero que son los que realmente le dan sabor a la cantera.
Nereo nos enseñó que la memoria es un acto de resistencia contra el cambio atropellado y que, para amar a una ciudad, primero hay que conocer sus nombres antiguos y sus derrotas olvidadas. Fue el guardián de nuestros fantasmas documentales, asegurándose de que, pase lo que pase, los potosinos del futuro tengan siempre un papel donde leer que alguna vez fuimos exactamente lo que ellos están tratando de recordar.


