En San Luis Potosí, la deuda pequeña —la de la tienda, la del abono, la del préstamo entre parientes— no se ve como una crisis financiera, sino como una forma permanente de relación urbana.
Vivimos en un sistema de intercambios de «ya luego te pago» que mantiene la economía fluyendo en los barrios. La deuda pequeña es el pegamento social que nos obliga a seguir hablando con el vecino y a saludar con cortesía al carnicero. Es una antropología económica basada en la espera y en la palabra dada.
Esta dinámica crea una sociedad de deudores circulares. Se le debe a uno para pagarle a otro, en un ciclo infinito que solo se interrumpe con la muerte o con una mudanza repentina. Esta forma de vida nos ha vuelto expertos en la administración de la escasez y en la retórica de la promesa.
En San Luis, sabemos que la solvencia absoluta es una fantasía de ricos; el resto nos conformamos con ir al día, manejando nuestras pequeñas deudas con una dignidad que ya quisiera el Banco de México. Aprendimos que la deuda no es una cadena, sino un hilo que nos mantiene conectados a la realidad del Altiplano, donde el crédito es, ante todo, un acto de fe mutua renovable cada fin de semana.


