El cobrador que recorría las calles de San Luis era el termómetro moral de la cuadra. Su presencia en la puerta de una casa era una señal que todos los vecinos interpretaban con una velocidad asombrosa.
Si el cobrador se quedaba mucho tiempo o si la conversación subía de tono, el barrio entero tomaba nota de la insolvencia del deudor. Era una vigilancia mutua disfrazada de comercio. El cobrador no solo buscaba el dinero, buscaba mantener viva la llama de la vergüenza pública como principal garantía de pago.
Este oficio requería de una psicología especial. El cobrador debía saber cuándo ser amable y cuándo ser implacable; conocía todas las excusas potosinas para postergar el pago y sabía exactamente cuándo la «señora no está» era una verdad biológica o una estrategia defensiva.
La relación entre el cobrador y el cliente era una mezcla de confianza y hostilidad contenida. En San Luis, aprendimos que la deuda es un vínculo social que nos une al vecino y al desconocido, y que no hay vigilancia más efectiva que la del hombre que viene por su dinero cada sábado, recordándonos que en esta ciudad, la privacidad termina donde empieza el primer pago vencido.


