La economía del «abono» fue el verdadero motor del consumo popular en el San Luis del siglo XX. En una ciudad de salarios ajustados y ambiciones moderadas, el pago chiquito era la única puerta de entrada a la modernidad doméstica.
Muebles de madera, radios de transistores y hasta la ropa del domingo se adquirían bajo este sistema que convertía al cliente en un deudor permanente pero respetable. El abono no era una transacción financiera, era una forma de vida.
Este sistema generaba una presión social fascinante. Pagar el abono era una cuestión de honor familiar; fallar significaba no solo perder el objeto, sino perder la cara frente al barrio y frente al abonero, que solía ser un personaje que conocía hasta el color de los calcetines de sus deudores.
Se compraba con la ilusión de estrenar, pero se vivía con la carga de la cuota semanal que recordaba constantemente la precariedad de la abundancia. En San Luis, aprendimos a medir nuestra prosperidad por la cantidad de recibos sellados que guardábamos en la caja de galletas, entendiendo que en esta tierra de cantera, las cosas no se poseen, simplemente se van pagando hasta que el tiempo o el desgaste decidan otra cosa.


