El cartero en el San Luis antiguo era, antes que un servidor público, un atleta de la correspondencia y un mapa viviente de la ciudad.
Su jornada no se medía en horas, sino en kilómetros caminados bajo el sol seco del Altiplano, desafiando el empedrado gastado del centro y el lodazal de los barrios periféricos. Llevar el correo requería una resistencia física a prueba de climas extremos y, sobre todo, una memoria urbana que ninguna oficina de gobierno poseía.
El cartero conocía San Luis por los nombres de sus habitantes, no por sus nomenclatura oficial. Sabía exactamente en qué zaguán de San Miguelito vivía la viuda que esperaba la pensión y en qué taller de calzado trabajaba el hijo que mandaba pesos desde el norte.
El saco de cuero era una caja de sorpresas que el cartero dosificaba de puerta en puerta. Su oficio sobrevivía gracias a esa complicidad diaria con el vecino: el cartero era el confesor involuntario que sabía quién tenía pleitos legales por la forma del sobre y quién recibía cartas perfumadas de Tequisquiapan.
Un trabajo de paciencia y suela que convirtió a estos hombres en los hilos invisibles que mantenían conectada a una ciudad que, de otro modo, se habría quedado aislada en sus propios silencios de piedra.


