La resistencia a las reglas sanitarias en el San Luis antiguo fue una forma de protesta política silenciosa. Los ciudadanos veían en los inspectores de salud a agentes de control que buscaban fiscalizar su intimidad. ¿Por qué el gobierno debía decidir qué tipo de cal usaba yo en mis paredes o si mi cocina tenía ventilación? Esta intromisión era vista como una violación al zaguán, ese límite sagrado entre lo público y lo privado.
Se resistía no por higiene, sino por principios de soberanía doméstica.
Esta mentalidad obligaba al gobierno a ser ingenioso. Se hacían concursos de «la casa más limpia» para incentivar por la vanidad lo que no se lograba por la ley. La resistencia generaba un juego de apariencias: el frente de la casa lucía impecable, pero el patio trasero seguía siendo el mismo laberinto de animales y desorden de siempre.
En San Luis, aprendimos a negociar con la autoridad sanitaria, cumpliendo lo mínimo necesario para evitar el problema pero manteniendo nuestras costumbres bajo llave, demostrando que, para el potosino, la salud es importante, pero que nadie le diga cómo vivir en su propio terreno lo es todavía más.


