Antes de que existieran los camiones de basura ruidosos y los horarios de recolección, el destino de los desechos en San Luis era un asunto de geografía creativa. La gente tiraba sus desperdicios en las acequias, en los baldíos de la periferia o, simplemente, en la calle cuando nadie miraba.
No había una conciencia de la basura como problema colectivo, sino como una molestia individual que debía alejarse lo más posible de la propia puerta. La ciudad se defendía de su propia mugre como podía, acumulando cerros de desechos en los límites de los barrios.
Este sistema —o falta de él— generaba un ambiente de putrefacción que los potosinos aceptábamos con una resignación asombrosa. Solo cuando las enfermedades se volvieron inmanejables, el gobierno municipal intentó organizar el servicio de limpia con carretones de mulas.
Tirar desechos donde se pudiera pasó de ser una costumbre a ser un delito. San Luis tuvo que aprender que una ciudad de cantera no puede sostener su elegancia si no tiene dónde esconder sus desperdicios. Fue el inicio de la burocracia de la basura, una transición lenta donde descubrimos que la civilización consiste, en gran medida, en saber qué hacer con lo que ya no nos sirve sin que el vecino se dé cuenta.


