La higiene pública en el San Luis antiguo fue una batalla campal entre las autoridades ilustradas y una población que consideraba que la mugre era parte del derecho a la privacidad. A finales del siglo XIX, limpiar la ciudad no era una cuestión de estética, sino de supervivencia ante las epidemias de tifo y viruela.
El ayuntamiento emitía bandos para prohibir que se tirara agua sucia a la calle o que los animales vivieran en el patio central, pero el potosino, siempre celoso de su autonomía, veía en estas reglas una tiranía insoportable.
Limpiar la ciudad significaba cambiar el ritmo de la vida cotidiana. Se obligó a los dueños de las fincas a pintar sus fachadas y a los comerciantes a no exhibir carne al aire libre. Fue una modernización impuesta por el miedo al contagio. La resistencia era pasiva pero constante: se limpiaba solo cuando pasaba el inspector y se volvía a la costumbre en cuanto este doblaba la esquina.
San Luis aprendió a ser una ciudad limpia por decreto, entendiendo que el progreso no llegaba con la educación, sino con la amenaza de la multa y el ojo vigilante de un gobierno que había decidido que el desorden sanitario era el mayor enemigo de la cantera rosa.


