En San Luis Potosí, la higiene ha sido históricamente una de las fronteras sociales más difíciles de cruzar. Ser limpio no era solo una cuestión de jabón, sino de estatus. La capacidad de mantener una casa impecable y una ropa blanca reluciente era la prueba física de que se pertenecía a la «gente de bien».
La higiene se convirtió en un signo de civilización que se usaba para distinguir al ciudadano respetable del habitante «peligroso» de los barrios periféricos.
Esta distinción creó una geografía de la limpieza: el centro histórico debía ser el modelo de pulcritud, mientras que se toleraba la inmundicia en las orillas de la ciudad como algo «natural» de las clases bajas. La higiene fue una aduana de clase; se juzgaba la moralidad de una persona por el estado de sus uñas o de su cuello de camisa.
En San Luis, aprendimos que para subir en la escala social, primero había que aprender a oler a desinfectante y a lucir una fachada sin manchas. La limpieza no democratizó la ciudad, sino que subrayó sus jerarquías, recordándonos que, en esta tierra de cantera, la mugre siempre ha sido el pecado que la sociedad potosina menos está dispuesta a perdonar.


