Todas las ciudades tienen su Llorona, pero la nuestra tiene un toque de cantera y frío de sierra. Dicen que se le escucha cerca de los antiguos arroyos que hoy son calles, lamentando un pasado que nadie termina de explicar.
Es nuestro mito más democrático: asusta igual al rico de las Lomas que al vecino de la periferia. La Llorona potosina es el recordatorio de que nuestras tragedias colectivas siempre terminan convirtiéndose en cuentos de espantos para que los niños no anden de vagos después de las diez de la noche.


