Un lunes de enero es buen momento para recordar que San Luis ha estado bajo el agua. En 1933, una tormenta épica hizo que los arroyos de la ciudad reclamaran sus antiguos cauces.
El centro se convirtió en una alberca de lodo y la gente andaba en lanchas por la calle de Madero.
Fue un baño de humildad para una ciudad que siempre se queja de la sequía. Nos enseñó que la naturaleza tiene memoria y que, por más que pavimentemos, el agua siempre sabe por dónde solía pasar antes de que llegáramos nosotros con nuestra cantera.


