Si algo define a la historia cotidiana de San Luis Potosí es la aceptación de la incomodidad como un estado natural de las cosas. Vivir aquí hace cien años significaba lidiar con el frío calante de las noches de invierno, el calor seco del mediodía y la falta crónica de servicios que hoy consideramos básicos.
Pero los potosinos no nos quejábamos, o al menos no en voz alta. La incomodidad era parte del carácter; se llevaba con una dignidad que rozaba el estoicismo.
Esta resistencia a la queja forjó una sociedad capaz de aguantar lo indecible. Se aceptaba el transporte lento, el alumbrado escaso y las casas frías como pruebas que Dios o la geografía nos ponían para templar el ánimo.
La modernidad fue vista con sospecha no por sus beneficios, sino porque amenazaba con volvernos «blandos». En San Luis, la verdadera virtud consistía en no necesitar demasiado para estar bien. Esta norma de vida nos hizo un pueblo de soluciones prácticas y de pocas demandas.
Aprendimos que la vida es dura como la piedra que nos rodea, y que la mejor forma de habitar el desierto es acostumbrándose a que la comodidad es un accidente afortunado y no un derecho constitucional, una lección que todavía parece flotar en el aire seco de nuestras plazas.


