En el San Luis antiguo, el castigo era una forma de comunicación masiva. Las cárceles no estaban diseñadas para la readaptación, sino para la exhibición. Estar preso era una marca pública que te acompañaba el resto de tu vida.
La ubicación de los centros de detención en lugares visibles garantizaba que ningún ciudadano olvidara quién mandaba en la ciudad. El encierro era un teatro donde el preso era el actor involuntario que representaba el fracaso moral ante los ojos de sus vecinos.
Esta política de visibilidad servía para mantener el orden social a través del miedo al qué dirán. Ver a alguien conocido tras las rejas era una advertencia más poderosa que cualquier multa. La cárcel funcionaba como un espejo donde la sociedad proyectaba sus propios temores y prejuicios.
No se castigaba al hombre, se castigaba al ejemplo. La justicia potosina entendía que para que la ley fuera respetada, debía ser evidente; y nada era más evidente que un edificio de cantera rosa lleno de hombres olvidados por la fortuna, recordándonos a todos que la libertad era un privilegio que se podía perder con un solo tropiezo.


