El paisaje sonoro de una hacienda del Altiplano potosino poseía una nitidez acústica que permitía a los habitantes orientarse en sus obligaciones diarias sin necesidad de consultar las manecillas del reloj de la casa grande.
La jornada rural marchaba al ritmo de una coreografía de sonidos familiares que rebotaban en los muros altos de los corrales y se expandían por las llanuras secas del rumbo, organizando la rutina de la peonada con una regularidad militar.
El toque de la campana de la capilla a las cinco de la mañana llamando a la oración del alba, el crujido de las carretas cargadas de grano saliendo del patio principal, el relincho de los caballos en el herraje y el silbato rudo del capataz eran las señales horarias de la propiedad.
Cada sonido tenía una traducción inmediata en el esfuerzo físico: indicaba el cambio de turno en el campo, la hora de recibir la ración de frijoles en la cocina o el toque de queda que obligaba a apagar los quinqués de los jacales. Las haciendas eran fábricas de silencio y órdenes repetidas que uniformaban la fisonomía del trabajo en el campo, recordándonos que en el viejo San Luis, la obediencia entró por el oído mucho antes de que el alfabeto tuviera un salón de clases en la cabecera municipal.


