David G. Berlanga encarna a esa estirpe de intelectuales del Altiplano que vieron en el movimiento revolucionario de 1910 la oportunidad histórica para refundar las instituciones de la nación a través del aula escolar y el derecho civil.
Nacido en San Luis Potosí, Berlanga cambió la comodidad de la cátedra por el debate encendido de las asambleas, convencido de que derrocar a un dictador era un ejercicio inútil si no se alfabetizaba al peón acasillado y se le dotaba de las herramientas racionales necesarias para ejercer su ciudadanía laica.
Su participación en la mítica Convención de Aguascalientes estuvo marcada por una elocuencia feroz que no conocía las medias tintas de la diplomacia cuartelera. Berlanga denunció las ambiciones personales de los generales constitucionalistas y defendió que la educación pública debía ser el motor de la reforma agraria y laboral del país. Su terquedad ideológica y su negativa a arrodillarse ante los fusiles de las facciones en pugna le costaron la vida en la Ciudad de México, donde fue fusilado por órdenes directas de Villa.
Su legado nos recuerda que en San Luis la oratoria no es un adorno para los banquetes del gobernador, sino un instrumento de combate civil diseñado para sacudir la modorra de una república que a menudo prefiere el ruido del cuartelazo a la paciencia del alfabeto.


