Construir una ciudad de piedra rosa sobre un laberinto de arroyos y escurrimientos naturales que permanecían secos la mayor parte del año fue una de las decisiones urbanas más arriesgadas de los fundadores de San Luis Potosí.
Calles comerciales de gran tradición como la Avenida Eje Vial o los alrededores del mercado de abastos están asentadas sobre los antiguos lechos de corrientes que la burocracia porfiriana intentó sepultar mediante bóvedas de mampostería y pavimentos modernos.
Esta geografía oculta creaba una falsa sensación de seguridad entre los habitantes del centro. Se abrían comercios, se levantaban zaguanes de adobe y se planificaban banquetas ignorando que el subsuelo conservaba la memoria del agua. Cuando el temporal arreciaba en las partes altas de la sierra, el escurrimiento subterráneo reclamaba su antiguo espacio, brotando entre los adoquines y desbordando las alcantarillas provisionales con un olor a humedad que arruinaba las bodegas.
San Luis tuvo que aprender a vivir con esa sospecha bajo los pies, entendiendo que en el Altiplano, la solidez de las fachadas es solo una delgada vitrina civil instalada sobre arroyos dormidos que despiertan en cuanto el cielo decide negar el monopolio de la sequía.


