La traza urbana histórica de San Luis Potosí guarda una relación sumamente irónica con su geografía hidráulica. Durante la mayor parte del año, los puentes que cruzaban el Río Santiago o los pequeños arroyos que bajaban de la sierra de San Miguelito parecían monumentos inútiles, pasarelas de cantera que saltaban sobre desiertos de tierra suelta y basura de los talleres periféricos.
Sin embargo, la burocracia civil y colonial nunca escatimó en el grosor de los pilares ni en la solidez de los arcos, conscientes de que el Altiplano no perdona la improvisación.
Cuando el temporal de junio irrumpía en la provincia, esos cauces secos se llenaban en cuestión de minutos con un torrente violento que amenazaba con derrumbar las paredes de adobe de los barrios tradicionales.
El puente se convertía entonces en el único lazo de supervivencia que mantenía unida a la capital. Ver crecer el río desde la barandilla de piedra era el espectáculo dominguero obligatorio de los potosinos, una mezcla de asombro y santo temor ante una naturaleza que regresaba puntualmente cada año a reclamar su derecho de paso, recordándole a la simetría porfirista de la ciudad que las leyes del agua siempre terminan por imponerse sobre los decretos de los hombres.


