El 10 de mayo es, sociológicamente hablando, el día en que San Luis Potosí detiene todas sus maquinarias para intentar pagar una deuda de culpa colectiva. La celebración, impulsada a nivel nacional en 1922 (en gran parte como respuesta conservadora a los primeros movimientos que exigían derechos para la mujer), encontró en nuestro Altiplano su tierra prometida. Aquí, la figura de la «madre abnegada» no era una campaña de periódico, era una institución de gobierno doméstico que operaba con mucha más eficacia que el ayuntamiento.
La madre potosina tradicional era la guardiana de la decencia, la administradora de la escasez y el juez supremo de las buenas costumbres. Su poder no necesitaba decretos oficiales; le bastaba un suspiro de decepción, un silencio prolongado o una mirada severa en medio del rezo para someter a la obediencia a cualquier hijo, por muy revolucionario que se sintiera en la calle. Por eso, el 10 de mayo se convirtió rápidamente en un ritual obligatorio de expiación.
Históricamente, el festejo venía con una ironía aplastante: los regalos predilectos solían ser utensilios de cocina o electrodomésticos. Se le regalaba una plancha o una licuadora a la mujer que ya trabajaba todo el año en la casa, como si el premio supremo a su sacrificio fuera una herramienta para seguir sacrificándose, pero ahora con motor eléctrico. En San Luis, este día nos recuerda que la sociedad delegó en ellas el peso de mantener la moral de la ciudad intacta. Es un día de serenatas atropelladas donde la matriarca recibe los honores, perdona nuestras faltas y nos confirma que, en esta ciudad de piedra, el poder real siempre ha llevado delantal.


