La majestuosa cortina de piedra de la Presa de San José, erigida a finales del siglo XIX para contener las devastadoras corrientes que bajaban de la serranía, resguarda en sus entrañas una de las leyendas más tétricas y arraigadas de la tradición oral potosina: el mito de los niños sacrificados en sus cimientos.
La creencia popular sostiene que, ante el temor constante de que la fuerza del agua destruyera la obra y sepultara nuevamente a la capital en el lodo, los constructores recurrieron a un antiguo y oscuro ritual de cimentación mística.
De acuerdo con el relato que ha pasado de generación en generación en los barrios tradicionales, se adquirieron los cuerpos de pequeños infantes fallecidos para colocarlos secretamente dentro de los pesados bloques de mampostería. El mito asegura que a los niños se les enterró con dulces, juguetes y veladoras con el propósito de que sus almas permanecieran contentas en el más allá.
La función de estos guardianes inocentes era actuar como alarmas sobrenaturales: si la estructura de la presa sufría alguna fractura silenciosa o la presión del agua amenazaba con reventar el muro, los espíritus de los niños llorarían amargamente, rompiendo el silencio de la noche para advertir a los habitantes de la ciudad del peligro inminente.
Aunque la ingeniería civil atribuye la solidez de la presa al diseño del porfiriato, el potosino que contempla el vaso de agua en las tardes de tormenta prefiere aguzar el oído, convencido de que la seguridad de la urbe sigue pendiendo del eterno susurro de sus pequeños centinelas de cantera.


