En el Día del Guía de Turismo, la historia de Roxana Alejandra Rojas Ortega nos recuerda que guiar no es solo mostrar paisajes, sino sostener sueños, vencer miedos y dejar huella en cada persona que se cruza en el camino.

A veces la vocación no llega con trompetas ni certezas. Llega como el murmullo de un río: suave, constante, hasta que un día te das cuenta de que ya no puedes vivir sin escucharlo.
Así comenzó la historia de Roxana Alejandra Rojas Ortega, licenciada en Turismo por el Instituto Tecnológico de San Luis Potosí., guía acreditada bajo la NOM-09 en excursionismo y fundadora de la tour operadora Tu Guía SLP en Xilitla. Ocho años han pasado desde que decidió que su destino estaría escrito entre cascadas, selva húmeda y senderos de tierra roja.
Su primera vez al frente de un grupo no fue planeada, fue una oportunidad inesperada. Durante sus prácticas profesionales, un día faltaron guías. Ella sabía nadar, conocía la ruta y tenía más determinación que experiencia. “Fue la primera vez que me tocó estar al frente”, recuerda con una sonrisa que todavía guarda la emoción intacta.
Ese día entendió que no quería estar detrás de un escritorio.
La Huasteca la abrazó como se abraza a quien respeta sus aguas. Roxana se especializó en recorridos acuáticos: ríos, cascadas, rafting, kayak. Pero también decidió desafiar alturas con rappel, adentrarse en cuevas con espeleísmo en la Sierra de Álvarez y compartir actividades culturales en la capital potosina. Su trabajo no se limita a mostrar un paisaje; construye experiencias que laten.
Su primera aventura oficial tuvo un momento que pudo convertirse en tragedia emocional. Un grupo empresarial de Ciudad de México recorría la llamada ruta turquesa. Ella tomó fotografías durante todo el trayecto: risas suspendidas en el aire, gotas congeladas en el salto, abrazos en medio de la selva. En la última cascada, decidió lanzarse desde seis metros. El agua la recibió, pero al salir, la cámara había desaparecido.
Con ella, aparentemente, todos los recuerdos.
Pero Roxana no permitió que el miedo la venciera. Terminó el recorrido con la frente en alto y una promesa que parecía imposible: “No se preocupen, sus fotos les van a llegar”. Contrató a un amigo buzo que exploró el fondo hasta recuperar la cámara. Cumplió su palabra. Y años después, dos de aquellas personas volvieron a buscarla para que fuera su guía.
Porque cuando alguien guía con el corazón, deja huella.
Ella no soñaba con ser guía desde el primer semestre. Fue durante sus prácticas cuando descubrió algo que cambiaría su rumbo: la gente necesita que alguien traduzca los lugares, que los haga sentir seguros, que los acompañe. Observaba a guías con años de experiencia, casi todos hombres, dominando rutas y alturas. Poco a poco se fue involucrando, tomó refrendos incluso antes de tener credencial, se metió en un mundo que parecía no estar hecho para ella… y decidió hacerlo suyo.
“Me di cuenta de que las rutas eran muy específicas… y que se podía hacer muchísimo más”. Y lo hizo.
Para Roxana ningún recorrido es igual. Puede caminar el mismo sendero mil veces, pero la selva cambia, el agua sube o baja, el clima se transforma. Y la gente, siempre la gente, llega con historias distintas. “Lo que más me gusta es que ningún día es igual”, dice con convicción. Depende de la temporada, del color del río, de cómo amanece el cielo.
Antes de cada salida revisa su equipo: chaleco, silbato, herramientas necesarias según la locación. Pero lo más importante no cabe en una mochila: la responsabilidad. “Una de nuestras principales funciones es brindar seguridad”. Porque detrás de cada salto hay planeación, detrás de cada sonrisa hay protocolos invisibles.
Y también hay retos.
El cambio climático se ha vuelto un adversario silencioso. Los ríos ya no mantienen el nivel
de antes, las lluvias son impredecibles, los itinerarios deben ajustarse. “Creo que es a lo que más nos enfrentamos”. Ella lo ha visto: la naturaleza cambia y obliga a reinventarse.
Pero lo que nunca cambia es lo que se lleva de cada recorrido.
“Me quedo con un poquito de cada persona”, confiesa. No habla de clientes, habla de amigos. De familias que llegan distantes y se van abrazadas después de lanzarse juntas al vacío. De parejas que descubren fuerza donde antes había miedo. De grupos que, en una semana, se vuelven parte de su historia.
Recuerda con especial cariño a una joven psicóloga que, tras una actividad de salto de cascadas, le dijo que nunca se había sentido tan segura con una mujer liderando algo así. Esa frase la marcó. En un ámbito donde la aventura suele asociarse con figuras masculinas, ella sigue abriéndose paso con firmeza y dulzura, demostrando que la valentía también tiene voz femenina.
Para Roxana, el guía es la cara del destino. Es quien conecta al visitante con el poblador, con la historia, con la esencia profunda del lugar. Es quien convierte un paisaje en una experiencia que se queda tatuada en la memoria.
Ayer se celebró el Día del Guía de Turismo. Pero para Roxana la celebración no se limita a una fecha. Está en cada promesa cumplida, en cada cámara recuperada del fondo del agua, en cada “gracias” dicho con lágrimas en los ojos.
Porque hay quienes muestran caminos.
Y hay quienes, como ella, enseñan a caminar sin miedo.


