La historia del Río Santiago es la crónica de una humillación geográfica aceptada por todos los potosinos. Lo que originalmente fue la fuente de vida y el límite natural de la ciudad, se convirtió con los años en el vertedero de nuestras culpas urbanas y, eventualmente, en una vía rápida para escapar del tráfico. La tragicomedia es total: bautizamos como «Río» a una plancha de asfalto que solo recuerda su naturaleza cuando llueve y el agua reclama su cauce, arrastrando coches y planes de gobierno por igual. Es el único lugar del mundo donde la gente consulta el clima para saber si su trayecto al trabajo será por tierra o por navegación improvisada.
Nuestra relación con el Rio Santiago es que lo aceptamos como el mal necesario de la modernidad. Ignoramos que bajo ese pavimento duermen los secretos de los barrios fundadores y la humedad de un oasis que alguna vez nos dio de comer. El río que antes dividía a los indios de los españoles hoy une a los oficinistas con sus deudas, en una procesión de lámina y humo de escape.
Ver el Río Santiago hoy es entender nuestra capacidad potosina para transformar la naturaleza en infraestructura, rezando para que no caiga una tormenta que nos recuerde que, por más cemento que le pongamos, el agua tiene mejor memoria que el ayuntamiento.


