Durante siglos, el barrio de San Sebastián estuvo separado del centro por un arroyo traicionero.
El puente de piedra que hoy cruzamos sin pensar fue, en su momento, una proeza de la ingeniería civil que permitió que la ciudad dejara de ser un archipiélago de barrios aislados.
Su construcción facilitó el paso de mercancías y de feligreses, uniendo finalmente la fe de la periferia con el poder del centro. Es un monumento a la conectividad potosina, un arco de piedra que nos recuerda que para crecer, San Luis siempre ha tenido que tender puentes sobre sus propias divisiones naturales.


