Quien recorría las calles comerciales del centro histórico durante las tardes soleadas del siglo pasado solía toparse con una estampa habitacional desconcertante: las grandes ventanas de madera que daban a la banqueta permanecían con los postigos exteriores firmemente cerrados, mientras las hojas interiores de cristal se mantenían abiertas de par en par.
Esta costumbre, lejos de ser una contradicción de la servidumbre, respondía a un estricto protocolo de disimulo, higiene y climatización de las familias tradicionales.
Cerrar el postigo exterior de madera maciza blindaba las habitaciones bajas contra el polvo espeso que levantaban los carruajes y aislaba las salas de respeto del sol implacable del Altiplano, manteniendo el interior fresco.
Sin embargo, dejar abierta la contraventana interior permitía que el aire circulara libremente a través de las rendijas decorativas del fierro forjado. Este juego de aberturas permitía un control social absoluto: las mujeres de la casa podían escuchar los pregones del aguador, enterarse de los chismes de la esquina y observar el tránsito del peatón común a través de las celosías sin verse expuestas a la mirada pública de la banqueta.
Un sofisticado mecanismo de aduana civil que encajaba de maravilla con esa naturaleza hermética local que siempre prefirió el susurro interior antes que la exhibición abierta de la intimidad familiar.


