Escribir en el San Luis antiguo no era un hábito generalizado, sino un marcador de clase y poder. La capacidad de redactar una carta o de leer un periódico dividía a la ciudad en dos: los que podían emitir opinión y los que solo podían escucharla.
La pluma era la herramienta de la élite, del comerciante y del clero; el resto de la población, analfabeta en su mayoría, dependía del oído para integrarse a la vida pública. La información fluía de forma descendente y filtrada.
Esto creaba una jerarquía de la información muy rígida. El que sabía escribir no solo comunicaba sus ideas, sino que a menudo era el encargado de redactar las peticiones y cartas de los demás, convirtiéndose en un intermediario necesario y poderoso.
El pueblo escuchaba las noticias leídas en voz alta en las plazas o en las pulquerías, recibiendo una versión ya masticada por el lector de turno. Esta brecha entre el que escribe y el que escucha definió la estructura social potosina por décadas.
La alfabetización no fue solo una cuestión educativa, sino la democratización del derecho a tener una voz propia en una ciudad donde, durante mucho tiempo, el silencio fue la norma para los que no sabían manejar la tinta.


