En el siglo XIX, el correo en San Luis Potosí era una de las instituciones más respetadas y, al mismo tiempo, más azarosas de la vida urbana. La llegada de la «diligencia» era el evento del día: no solo traía cartas, sino que era el vínculo físico con el resto de la nación.
Las rutas que conectaban nuestra capital con la Ciudad de México o Zacatecas cruzaban territorios donde el clima seco y los bandoleros eran variables constantes. Un despacho podía tardar de tres a siete días en llegar, dependiendo de la salud de las mulas y del humor de los arrieros.
La confiabilidad era relativa. Los potosinos aprendieron a enviar duplicados de sus cartas más importantes por diferentes rutas, esperando que al menos una llegara a su destino. El correo era el pulso de la economía minera y comercial de la región; un retraso en la valija significaba la parálisis de un negocio o la incertidumbre de una familia.
El sistema postal nos dio una noción del tiempo muy distinta a la actual: se vivía en la espera. La administración del correo en San Luis era una oficina de esperanzas acumuladas, donde el funcionario de turno era el encargado de repartir alegrías y tragedias contenidas en sobres cerrados con lacre.


