Antes de que el concreto hidráulico uniformara el piso de las viviendas urbanas, el empedrado del primer patio de las casonas potosinas representaba la solución técnica más eficiente y elegante para lidiar con los extremos del clima local.
Hecho con cantos rodados traídos de los arroyos cercanos y acomodados con paciencia artesanal sobre camas de arena y cal, el piso empedrado soportaba el peso de las carretas cargadas de mineral sin fracturarse.
La ventaja del empedrado radicaba en su permeabilidad: durante los aguaceros torrenciales de verano, el agua de lluvia se filtraba entre las hendiduras de las piedras hacia los mantos subterráneos o era conducida por canaletas hacia los aljibes del segundo patio, evitando las inundaciones y reduciendo el lodo que los caballos arrastraban desde las calles de tierra periféricas.
El mantenimiento requería apenas de un riego diario para asentar el polvo y refrescar las alcobas bajas, demostrando que en el viejo San Luis, la solidez del piso no dependía de la rigidez de los materiales modernos, sino de saber articular la piedra con el movimiento natural de la tierra húmeda.


