as rejas monumentales que sobresalen de las ventanas de las casonas antiguas del centro histórico no obedecían únicamente a una necesidad defensiva o a los caprichos estéticos del diseño porfiriano.
Estas estructuras de fierro forjado, que avanzan unos centímetros sobre la banqueta, funcionaban como un sofisticado mecanismo de ventilación térmica y, sobre todo, como la vitrina perfecta para el disimulo social de las familias potosinas.
La panza de la reja permitía que las ventanas permanecieran abiertas durante las tardes calurosas de julio, capturando la brisa del callejón sin perder la privacidad interior gracias a las persianas de guillotina. Desde la penumbra de la sala, las señoritas de la casa y las tías vigilantes podían observar discretamente el tránsito de los transeúntes, tasar el corte de los sombreros de los paseantes y enterarse de las novedades del rumbo sin necesidad de exhibirse en el andador público.
Una solución arquitectónica que encajaba de maravilla con ese carácter hermético local que prefiere ver sin ser visto y mantener la intimidad resguardada detrás del fierro forjado de la fachada.


