La fisonomía de las fachadas de San Luis Potosí guarda pequeños vestigios de una movilidad urbana que el automóvil sepultó por completo en el siglo XX: las argollas de hierro forjado.
Incrustadas a un metro de altura sobre los bloques de cantera rosa, estas piezas metálicas eran los «estacionamientos» obligatorios de una capital provincial donde el estatus y el comercio se medían por el lomo del caballo y la fuerza de las recuas de mulas que bajaban de las minas.
Amarrar al animal en la argolla requería de un nudo marinero preciso que evitara que la bestia se desbocara ante el ruido de la diligencia o el trueno de los cohetes de barrio.
Frente a estos aros se legislaba la cotidianidad: el abogado dejaba su cabalgadura mientras firmaba un protocolo en la escribanía, el hacendado aseguraba su montura fina para entrar al templo de San Francisco, y los aguadores organizaban sus turnos de abasto. Estas piezas sobrevivieron al pavimento moderno porque fueron empotradas con plomo derretido por los maestros herreros del siglo pasado, permaneciendo como mudos testigos de una urbe pausada que aprendió a amarrar su prisa a las paredes de sus propias casonas.


