Llamar a nuestra ciudad «Potosí» fue el primer gran acto de marketing engañoso de nuestra historia. Los fundadores, con una modestia que rayaba en la megalomanía, decidieron que nuestras minas iban a ser tan ricas como las del Potosí en Bolivia, que en aquel entonces era el banco del mundo.
Fue un nombre aspiracional, una forma de decir: «todavía no somos ricos, pero tenemos el nombre para serlo».
La realidad, sin embargo, fue un poco más modesta. Aunque el Cerro de San Pedro dio mucha plata, nunca alcanzó los niveles legendarios de su pariente boliviano. Pero el nombre se quedó, como un traje que nos queda un poco grande y que nos obliga a caminar con una dignidad que no siempre coincide con la cartera.
San Luis Potosí es el nombre de una ambición que se quedó a medias; una etiqueta de lujo para una realidad local que siempre ha tenido que lidiar con la falta de agua y el exceso de polvo. Nos llamamos así para recordarnos que en esta ciudad, lo importante no es lo que somos, sino lo que nos gustaría que los demás pensaran que somos.


