Llegar a San Luis como forastero era someterse a un interrogatorio visual que podía durar décadas. El potosino promedio mira al de fuera con una mezcla de curiosidad antropológica y desconfianza instintiva.
Se le recibía con cortesía, porque así lo dictaban las reglas de la hospitalidad, pero se le mantenía a una distancia prudente hasta que se demostrara que sus intenciones no incluían robarnos la plata o alterar nuestras costumbres.
El forastero era una ventana al mundo exterior, pero también una amenaza al orden establecido. Se le analizaba el acento, la marca de los zapatos y la forma de pedir el café para determinar en qué cajón social se le debía colocar.
En San Luis, ser de fuera es una condición que tarda generaciones en perdonarse; uno puede vivir aquí cincuenta años y seguir siendo ‘el que llegó de México’. Somos una ciudad de puertas cerradas que solo se abren cuando el visitante ha demostrado que puede comportarse como si hubiera nacido aquí, es decir, con discreción y un sano respeto por el silencio.


