Mucho antes de que las pantallas digitales monopolizaran nuestra atención y privatizaran el chisme dentro de los hogares, el entretenimiento favorito y más completo de los potosinos consistía simplemente en mirar pasar gente por la Plaza de Armas.
Las tardes de domingo y los días de fiesta, las banquetas del centro histórico se transformaban en una platea masiva donde el único espectáculo disponible era la coreografía espontánea de la fauna urbana local.
No hacía falta tecnología para estar conectados con el pulso de la comunidad. Ver cruzar la plaza al médico con su maletín, observar el rebozo nuevo de la hija del comerciante o contar cuántos carruajes se detenían frente al Club San Luis era la forma en que los habitantes procesaban la realidad de su provincia.
Cada transeúnte era una historia que se leía en voz alta y se comentaba con el vecino de banca: se analizaba el dobladillo del pantalón, la prisa del paso y la inclinación del saludo. Esta adicción a la mirada ajena forjó una cultura de la apariencia muy estricta, donde el potosino sabía que al cruzar el jardín, estaba entrando a un escenario vivo donde su estampa sería evaluada por cientos de ojos impasibles que no necesitaban filtros digitales para encontrarle el remiendo a su traje o el defecto a su reputación.


