Sentarse en la plaza de San Luis Potosí durante las tardes de calor seco era un derecho ciudadano permitido por las autoridades, pero condicionado a una estricta etiqueta de la inmovilidad.
La banca pública no era un espacio para el abandono del cuerpo ni para la comodidad descuidada; tirarse a dormir la siesta en un escaño de hierro forjado o adoptar posturas que la Iglesia considerara indecorosas era motivo suficiente para que el gendarme de turno se acercara a llamarte la atención o conducirte a la comandancia por faltas a la moralidad.
El espacio público estaba diseñado para la contemplación ordenada. Los caballeros debían mantener el sombrero puesto y las piernas cruzadas con discreción, mientras que las damas ocupaban los asientos laterales bajo la sombra de los laureles, cuidando que los pliegues del vestido no rozaran la piedra de la banqueta vecina.
Este ocio vigilado garantizaba que el jardín no se convirtiera en un refugio de vagos, sino en el escaparate de las buenas familias de la ciudad. Aprendimos a descansar con rigidez, entendiendo que en San Luis hasta el acto de no hacer nada debe ejecutarse con una dignidad de cantera que no le dé motivos de queja al vecino que observa desde la esquina opuesta de la plaza.


