Hubo un tiempo en que San Luis se «dormía temprano» no por cansancio, sino por falta de opciones. El ritmo de la ciudad estaba marcado por el sol; cuando este se ocultaba, la actividad humana se reducía al mínimo necesario.
La llegada del alumbrado rompió este ciclo biológico y social. El comercio fue el primero en adaptarse: las tiendas de ropa, las boticas y las panaderías empezaron a cerrar más tarde, descubriendo que la gente estaba dispuesta a comprar incluso después de cenar si la calle era segura.
Este cambio en el comportamiento urbano generó una ciudad más dinámica pero también más estresante. El silencio que antes era ley absoluta empezó a ser interrumpido por el bullicio del comercio nocturno.
Los potosinos descubrimos que podíamos estirar el día, pero a cambio perdimos la paz de la oscuridad total. La ciudad dejó de ser un lugar de descanso obligado para volverse un motor que funcionaba a marchas forzadas, donde la luz artificial nos recordaba constantemente que siempre hay algo más que comprar, algo más que decir o alguien más a quien observar.


