El Distribuidor Juárez es, posiblemente, el monumento más honesto a la modernidad potosina. Su diseño original buscaba resolver el caos de la entrada a la ciudad, convirtiéndose en el eje de comunicación hacia todo el país. Es una obra de ingeniería que ha crecido por capas, como si fuera una cebolla de concreto. Cada administración le agrega un brazo nuevo para intentar desenredar lo que la anterior dejó a medias. Es el lugar donde el potosino demuestra su paciencia infinita frente al tráfico y su capacidad para aprenderse rutas que parecen laberintos de Minotauro.
Ell «Distribuidor» que se ha convertido en el punto de referencia de nuestra geografía sentimental. «Ahí, pasando el distribuidor» es una frase que puede significar éxito o un retraso de cuarenta minutos. Sus puentes elevados nos ofrecen una vista privilegiada de la zona industrial y del crecimiento desmedido de la mancha urbana. Es la prueba de que San Luis Potosí es una ciudad que nunca deja de moverse, aunque a veces lo haga a vuelta de rueda. Es nuestra pequeña versión del caos cosmopolita, recordándonos que para ser una potencia logística, primero hay que aprender a vivir en medio de un nudo de concreto.


