En el San Luis antiguo, el cuerpo no era solo una unidad biológica, era una declaración de principios. La forma de caminar, de vestir y, sobre todo, de presentarse ante los demás, era objeto de un escrutinio público minucioso.
La limpieza no era solo una cuestión de salud, era una cuestión de moralidad. Un hombre despeinado o una mujer con el vestido manchado eran juzgados como personas de carácter débil o de costumbres dudosas. El cuerpo era el escaparate de la decencia familiar.
Este juicio constante obligaba a los potosinos a vivir en un estado de alerta estética permanente. Se invertía lo que no se tenía en mantener las apariencias. La presentación personal era la herramienta para navegar por las jerarquías de la ciudad: una buena presencia podía abrir puertas que el dinero solo no lograba.
San Luis se convirtió en una ciudad de miradas cruzadas que tasaban el valor de la persona por el brillo de sus zapatos. Aprendimos que el cuerpo es un espacio social donde se libra la batalla por el respeto ajeno, y que en esta ciudad de cantera rosa, la primera impresión es la única que cuenta, porque nadie tiene tiempo de esperar a que demuestres tu inteligencia si no has demostrado primero que sabes manejar el jabón y la plancha.


