Habitar una capital enclavada en la aridez del Altiplano mexicano obligó a los constructores de los siglos pasados a desarrollar una relación de absoluto ingenio y economía con el agua.
Antes de que la infraestructura moderna introdujera las tuberías de presión y los tanques elevados, la supervivencia de los hogares potosinos dependía por completo de una estructura subterránea central en las viviendas: el aljibe. Ubicados en el corazón del primer patio, estos depósitos eran los verdaderos garantes de la vida doméstica.
El sistema operaba con una lógica de captación pluvial perfecta. Las amplias azoteas de las casonas, construidas con sutiles pendientes, conducían el agua de las escasas tormentas veraniegas hacia gárgolas de piedra y bajantes de barro cocido que desembocaban directamente en las cisternas subterráneas.
El aljibe, revestido internamente con gruesas capas de cal y arena para impermeabilizarlo, mantenía el líquido elemento a oscuras y a una temperatura baja constante, protegiéndolo de la evaporación solar y evitando la proliferación de mosquitos e infecciones. Para extraer el agua, la familia dependía de una brocal de cantera labrada situado en el patio, desde donde se izaban las cubetas mediante poleas de hierro.
Los patios con aljibe son el testimonio material de un San Luis que entendía que en el desierto, el agua de lluvia no era un torrente molesto que debía desecharse por el drenaje, sino una bendición líquida que debía atesorarse celosamente bajo el propio suelo familiar.


