Las barberías del San Luis antiguo eran mucho más que establecimientos higiénicos dedicados al corte de cabello y al afilado de la barba; funcionaban como los verdaderos clubes políticos de la clase media y los artesanos, espacios democráticos de tertulia ruidosa donde se desmenuzaban los actos del gobernador y se legislaba sobre la realidad de la nación con una libertad que los cafés del centro no siempre toleraban.
El barbero era el maestro de ceremonias de esta sociabilidad de banqueta, un hombre de muñeca diestra y conversación fluida que administraba el chisme local con la misma soltura con la que asentaba la navaja sobre el cuero.
Estar sentado en el sillón de hierro con la cara cubierta de espuma de jabón de coche era un trámite que exigía confianza absoluta y sometimiento al debate del local. Mientras se esperaba turno leyendo los periódicos combativos que el propio barbero coleccionaba en el revistero, se cruzaban las opiniones sobre los pleitos de minas, las corruptelas de los jueces y el humor de la gendarmería de la esquina.
La barbería era el termómetro de la opinión pública de la periferia, una trinchera del susurro y la queja civil donde el potosino se quitaba el sombrero para arreglar el mundo entre el olor a loción de alcanfor y el sonido rítmico del metal cortando la barba de la jornada.


