La memoria palatal del San Luis antiguo guarda un inventario de bebidas refrescantes y sabores tradicionales que la industrialización del refresco embotellado terminó por arrinconar en las crónicas del olvido.
En los zaguanes de las refresquerías céntricas y en las esquinas de los mercados, el abasto contra el calor de junio dependía de grandes vitroleros de vidrio o vasijas de barro que sudaban frescura a base de fórmulas herbolarias e ingredientes autóctonos del Altiplano.
El agua de mezquital —elaborada con las vainas cocidas del árbol noble del desierto—, el refresco de raíz traído de los ranchos y la horchata de almendra con un toque de piloncillo eran los elíxires cotidianos del transeúnte.
No se bebía por prisa; se paladeaba el trago conversando con el tendero sobre la carestía de las semillas o las sequías de la Huasteca. Los expendedores guardaban el secreto de sus esencias con celo de boticario, adornando sus mostradores con ramitas de menta y rodajas de naranja para atraer a la clientela de los portales.
Esas bebidas de mostrador fueron el combustible líquido de la laboriosidad potosina, recordándonos que para apagar la sed de la cantera rosa, siempre hizo falta más el ingenio de la huerta que la química del aparador.


