¿Cómo se enteraba un potosino de 1850 que el gobierno acababa de caer si no había periódicos matutinos ni redes sociales? La respuesta es: a través de la velocidad del susurro. Las noticias y las órdenes circulaban por San Luis con una eficiencia que hoy envidiaría cualquier sistema de fibra óptica.
El rumor era la moneda de cambio en el mercado y la información estratégica se filtraba entre los puestos de comida y las sacristías.
La falta de una prensa masiva y constante no significaba ignorancia, sino una forma diferente de estar enterado. Se aprendía a leer las señales: el movimiento inusual de tropas en el cuartel, el cierre temprano de una tienda importante o el semblante preocupado del cura.
Las órdenes oficiales se pegaban en las esquinas, pero la interpretación de las mismas se hacía en voz baja en los portales. Era un sistema de información participativo donde cada mensajero le añadía un poco de drama a la realidad. Los potosinos nos volvimos expertos en descifrar lo que no se decía, entendiendo que en esta ciudad la noticia más importante siempre es la que te cuentan al oído con la advertencia de que no se la digas a nadie más.


