La convivencia inicial entre españoles e indígenas en San Luis fue lo más parecido a un matrimonio arreglado por la fuerza donde nadie se tiene confianza. Los españoles ponían las leyes y el látigo, mientras que los indígenas ponían la mano de obra y la resistencia pasiva.
Para administrar estas tensiones, se crearon los barrios: San Miguelito, Tlaxcala, Santiago… lugares donde cada quien podía vivir su propia versión de la realidad sin molestar demasiado al vecino de la plaza principal.
Era un orden basado en la segregación decorosa. Las autoridades españolas permitían ciertas autonomías a los barrios tlaxcaltecas con tal de que mantuvieran a raya a los chichimecas más rebeldes.
Era un juego de equilibrios precarios donde el conflicto se administraba, pero nunca se resolvía. Si un indígena se quejaba demasiado, le recordaban sus deberes cristianos; si un español se pasaba de la raya, le recordaban que sin trabajadores no había plata. Así aprendimos los potosinos el arte de la convivencia: cada quien en su esquina, saludándonos de lejos y esperando que el otro no se despierte con ganas de empezar una revuelta.


