En San Luis, no se necesitaba una cárcel para castigar a quien rompía las reglas morales de la comunidad. El castigo social era mucho más efectivo y duradero que cualquier sentencia judicial: el vacío.
Dejar de invitar a alguien a una fiesta, no saludarlo en la plaza o retirar el saludo a su familia entera eran sentencias de muerte civil que podían durar generaciones. La ciudad tiene una memoria implacable para los errores ajenos y una incapacidad patológica para perdonar el escándalo.
Este sistema de sanción informal mantenía a todo el mundo dentro de los límites de la decencia, por puro terror al ostracismo. Ser señalado con el dedo en el mercado era peor que una multa de la policía, porque de la multa se sale con dinero, pero del murmullo no se sale ni con una donación generosa a la Catedral.
En San Luis, la ley es el código penal, pero la verdadera autoridad es el juicio de la vecina, que tiene más poder que el juez para decidir quién puede seguir viviendo con la cabeza en alto.


