En la celebración de la Palabra de este Viernes Santo, la Iglesia se adentra en el corazón del misterio pascual: el sacrificio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, que se ofrece como el verdadero Cordero pascual. Su muerte en la cruz no es solo un acto de dolor, sino la expresión más plena del amor, mediante el cual se cancela la enemistad entre Dios y la humanidad, abriendo para todos el acceso al Padre.
Cristo, obediente hasta la muerte, entra voluntariamente en el ámbito donde la muerte parecía tener la última palabra. En medio de la soledad y el abandono, su clamor refleja la profundidad de su entrega, cargando con el peso del pecado humano. Como cordero llevado al matadero, asume la condición mortal sin renunciar a su misión: vencer la oscuridad, la confusión y la muerte misma, transformándolas en camino de salvación.
La imagen del cordero, presente desde el Éxodo como signo de liberación, alcanza en Jesús su sentido definitivo. Él mismo anuncia su entrega en la cena pascual, ofreciendo su vida para que, por su sangre, todos tengan vida. Así, su pasión no solo revela el sufrimiento, sino también la fecundidad del sacrificio: un llamado a comprender que el amor verdadero implica entrega, y que solo en ella el ser humano encuentra sentido.
Este misterio, insondable para la razón, se ilumina desde la fe como la manifestación suprema del amor del Padre. En Cristo se cumplen las promesas y se consagra a la humanidad, invitando a cada creyente a perseverar en su camino, confiando en que Dios nunca abandona la obra de sus manos.
Ante la cruz, el creyente no solo contempla, sino que responde con gratitud y esperanza: que la sangre derramada por Cristo sea vida para todos, y que, al final del camino, podamos unir nuestra voz a la suya y decir con fe cumplida: “Todo está consumado”. Así sea.





