La plaza no es de todos, aunque la constitución diga lo contrario. En San Luis, el espacio público siempre ha tenido dueños invisibles que deciden quién puede estar y quién debe pasar de largo.
Había banquetas por las que un humilde no debía caminar si no quería meterse en problemas, y bancos de jardín que tenían dueños fijos según la hora del día. El control no se ejercía con guardias, sino con miradas de desaprobación que eran mucho más efectivas que un tolete.
Esta geografía del privilegio mantenía a cada quien en su sitio, evitando roces innecesarios que pudieran alterar la paz de los poderosos. La ciudad era un mapa de permisos implícitos donde la libertad de movimiento era directamente proporcional al brillo de tu apellido o a la marca de tu coche.
Hoy, aunque el discurso oficial sea otro, seguimos sintiendo que hay lugares donde encajamos y lugares donde somos meros espectadores. El control del espacio público es la forma en que San Luis nos recuerda que, en esta ciudad, la igualdad es un concepto hermoso que se detiene justo antes de entrar a las colonias con nombre de santo.


