La vida cotidiana en el San Luis de finales del siglo XIX era un ejercicio de estilo y de desigualdad profunda. Para la élite, la ciudad era un pequeño París en el desierto. Se estrenaba el Teatro de la Paz, se paseaba por la Avenida Carranza con sombreros importados y se tomaba el té comentando las últimas noticias de Europa.
Se vivía en una burbuja de cantera rosa, donde el progreso se medía por la llegada del ferrocarril y la instalación de los primeros focos eléctricos.
Sin embargo, detrás de esa fachada de elegancia, el resto de la ciudad vivía en un mundo muy distinto. Los obreros y artesanos trabajaban jornadas interminables para sostener el lujo de unos pocos.
La vida diaria era una coreografía de estatus: quién saludaba a quién en la plaza, en qué banca te podías sentar y a qué hora debías retirarte a casa. San Luis era una ciudad de modales impecables y estómagos vacíos. El Porfiriato nos dejó una arquitectura hermosa y un resentimiento social que solo necesitaba una chispa para explotar. Éramos la vitrina perfecta de una modernidad que solo incluía a los que tenían el apellido y la cartera adecuados.


