En los primeros años de San Luis, la autoridad era algo que se ejercía según quién tuviera el bastón de mando más largo y la voz más fuerte. No había una estructura clara de gobierno; el alcalde, el capitán de guerra y el cura se peleaban por ver quién mandaba sobre las almas y quién sobre los cuerpos. El orden era una construcción diaria basada en el respeto al estatus y en el miedo al castigo público.
Las leyes llegaban de España con años de retraso y se aplicaban según el humor del funcionario local. Se gobernaba por bandos, por gritos en la plaza y por el ejemplo de los poderosos. Era un sistema de lealtades personales más que de instituciones. Los conflictos se resolvían con un duelo, con una multa o con un «usted perdone» si el infractor tenía el apellido adecuado.
San Luis aprendió a vivir en esa zona gris donde el orden se mantiene no porque las leyes se cumplan, sino porque todos estamos de acuerdo en que, para que la plata siga saliendo del cerro, alguien tiene que fingir que está al mando.


