El pregón ambulante fue el primer sistema de mercadotecnia masiva que conoció San Luis Potosí, una forma de comunicación comercial que transformó el espacio público en un catálogo sonoro mutable.
En una ciudad de calles estrechas y ventanas protegidas por gruesos barrotes de hierro, el comerciante no esperaba a que el cliente entrara a la tienda; salía a buscarlo utilizando su voz como único reclamo publicitario, modulando gritos que con los años se convirtieron en verdaderas canciones de la cotidianidad urbana.
El panadero con su canasta de mimbre, el aguador con su letanía pausada y el afilador con su silbato de pan flauta componían una sinfonía callejera que organizaba los horarios de las casonas. Las amas de casa y las sirvientas no necesitaban asomarse al zaguán para saber qué se vendía; les bastaba con escuchar el tono y la rima del pregonero para preparar las monedas de cobre.
Esta publicidad oral forjó una identidad comunitaria muy fuerte en los siete barrios tradicionales. El pregón requería ingenio y constancia: un buen grito aseguraba la clientela de la cuadra, demostrando que en el San Luis de antaño, el éxito de un negocio dependía tanto de la calidad de la mercancía como de la capacidad del tendero para sostener el canto sobre el empedrado a pesar del cansancio de la jornada.


